Escritober 2020

6 de Octubre: Demonio interior

El orfanato donde se crio carecía de cualquier calor o calidez hacia los niños que allí habitaban, aunque no era de extrañar en un lugar pobre y desolado como aquel, en los barrios más bajos y sucios de la ciudad. Con demasiados niños y muy poca comida, el trato hacia los mismos era muy pobre. Muchos murieron antes de que alguien los adoptase, y cuando se consideraban lo suficientemente mayores para sobrevivir por sí mismos, si nadie los había adoptado, eran expulsados del orfanato sin nada más que sus (si tenían) pertenencias personales. La edad a la que echaron a Nero a los barrios bajos de la ciudad fue a los 11 años. Se vio obligado a robar, a mentir, a mendigar, a hacer cualquier cosa por sobrevivir. Nero no había sido educado con la educación que se le debía a un niño, ni conocía los códigos morales a los que debía agarrarse. Nero no distinguía entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Al menos hasta que Geppetto lo encontró.

El anciano siempre había querido tener hijos, pero ni había conocido mujer que se lo diera ni había tenido la oportunidad, y ahora ya era tarde. Viviendo solo y trabajando la madera, Geppetto había creado numerosas marionetas a las que cuidaba como si fueran sus propios hijos. Cuando encontró a Nero en las calles, sucio, desnutrido y de apariencia enferma y decidió adoptarlo, creyó que era una bendición caída del cielo. Un niño de verdad, su hijo. Sin embargo Nero era difícil de tratar, no era en absoluto la imagen de un buen hijo con la que Geppetto había soñado. Intentó enseñarle a distinguir entre el bien y el mal, contándole fábulas con moraleja, una de ellas, la que Nero más recordaba, sobre un hombre malo que al morir se reencarnó en grillo y que como castigo, debía aconsejar sobre los buenos actos a aquellos que iban a seguir el mismo camino que él.  

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5 de Octubre: Recuerdo inolvidable

El contoneo del viejo barco daba a entender que la famosa tormenta de la que todos hablaban estaba a punto de desatar toda su fuerza. El ruido de las olas colisionando directamente con la vieja pero aún robusta madera de “El vengador”, cuyo nombre hacía honor a su propietario, sonaba estruendosamente en la cabeza de el Capitán “Roger, el Vengador”, que aunque seguía cansado, puso fin a sus escasas horas de sueño, se levantó de la cama, que en realidad era un puñado de mantas viejas, sucias y llenas de agujeros enredadas; y colocó los codos en las piernas, y la cabeza entre sus arrugadas y ásperas manos mugrientas, para frotarse los ojos y el viejo rostro sin afeitar. Suspiró, quedándose en aquella posición no menos de cinco minutos, quizás poniendo en orden sus pensamientos.

El olor a sal y algas y el mal aliento a alcohol de aquella noche le hacían recordar cada día quién era, y que aún se encontraba a salvo en brazos de su verdadera madre, la mar. El griterío de los marineros de cubierta y las órdenes del segundo de a bordo, que tenía por costumbre gritar obscenidades y a diestro y siniestro con tal de mantenerlos ocupados, golpeaban la cabeza del Capitán sin ningún atisbo o esperanza de que aquello ayudase a recuperarse de los estragos del alcohol. Soltando un largo suspiro de pesadez, el Capitán alargó la mano hacia el roído libro de tapa antigua y desgastada que descansaba sobre la mesa de los mapas, justo frente a él. Sopló con fuerza para quitarle el polvo, y seguidamente lo sacudió con la palma de la mano un par de veces. Una ligera y nostálgica sonrisa se dibujó en su anciano rostro.

-Amigo mío… ¿Cuánto tiempo ha que no compartía contigo mis esperanzas o mis viejas historias que no puedo contar?

Y aquello era cierto. Si se trataba de un pirata de tal calaña como Roger, la reputación era algo por lo que debía luchar día tras día. Siendo un abuelo cariñoso, alguien sincero y cercano, no conseguiría el respeto de una tripulación de traidores, ratas sarnosas y marineros de poca fe cuyo único propósito en la vida es beber y vivir como ratas sarnosas, y sin más preocupaciones que intentar no morir ahogados o en la horca.

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4 de Octubre: Sueño/Misterio

-¿Más té?

El sonido que hacía el agua al caer sobre la taza vacía de porcelana cara era uno de los que más disfrutaba Lydia, aunque no podía compararse con el sonido ahogado de la cucharilla del té al remover el agua y la leche entremezcladas.

Sin embargo, ese día Lydia escuchaba más otro tipo de sonidos. La risa de Emma siempre había sido melodiosa, en el punto intermedio perfecto entre la melodía y ese tipo de risa capaz de contagiar a cualquiera. Emma era una chica alegre, una joven adelantada a su época que disfrutaba de cosas más triviales. Emma era más de caminar descalza que de tazas de té a las cuatro, era más de tirarse sobre la hierba que de vestidos y corsés, era más de reír y disfrutar que de modales que cortasen sus alas.

Lydia siempre había querido ser como Emma, y ese era el mayor secreto que jamás había guardado. Envidiaba su capacidad de vivir sin que esas cosas, las que suponían que debían importar, importasen realmente. Envidiaba el brillo de sus ojos cuando se divertía, el tono de su voz cuando era socarrona y se burlaba de la profesora que intentaba enseñarla a coser, llamándola poco menos que un caso perdido cada vez que lo hacía. Lydia envidiaba la curva de sus labios al sonreír, tan bonitos, sonrosados, gruesos, como una línea perfecta en un lienzo perfecto. Las pecas de sus mejillas melocotón, sus risueños ojos verdes o el tirabuzón de sus rizos, siempre sueltos, tan rebeldes como lo era ella.

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3 de Octubre: Diario/Libros

Las palabras salían solas, con sus dedos como vínculo conector entre su alma y el papel. Las teclas de la máquina de escribir, antigua pero funcional, era prácticamente lo único que podía escucharse en aquella habitación de madera, junto con el repiqueo de la lluvia en la ventana, justo sobre su escritorio. El sol se había ocultado detrás de los altos rascacielos desde hacía tiempo, y pese a que aún había claridad, la habitación estaba tan oscura que era necesaria la luz. Él no la encendió.

Los rayos lanzaban su ira contra las nubes y la luz se reflejaba poderosa sobre sus ojos castaños, remarcando las ojeras de no haber dormido en demasiado tiempo. Su barba de tres días y la gabardina vieja de color marrón que caía desde la silla dónde estaba sentado le daban más aspecto de vagabundo que de escritor, pero ese era su uniforme. Sus dedos descalzos que asomaban por debajo de su pijama, largo y apelmazado después de demasiados días de uso, eran su traje de combate frente a una realidad de la que intentaba huir, día tras día, al implicarse en su novela.

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2 de Octubre: El vestido azul

Aquel vestido azul era todo cuanto deseaba. Desde pequeña siempre le había ocurrido lo mismo, deseaba aquello que no podía tener, perseguía sueños imposibles, intentaba volar tan alto como pudiese y sin embargo nunca llegaba a despegar del suelo.

Alzó su delicada mano y acarició la tela suave de la bonita caída del vestido. Su madre sujetó su muñeca, rauda y firme, y solo le dedicó una rápida mirada con la que ella sabía todo aquello que su madre quería decir, con esa capacidad que solo las madres tienen de comunicarse sin palabras.

“No nos lo podemos permitir.”

Ella era joven, sus dulces trece años. Pero era lista, lo suficiente como para ser consciente de que su madre tenía razón. De que había un nuevo sueño inalcanzable que debería dejar escrito en el pequeño diario del cajón de su mesita de noche.

La sastrería de su barrio era la única existente en demasiados kilómetros a la redonda, impidiéndole a la niña encontrar una alternativa más económica. Tendría que reciclar una vez más la ropa heredada de sus familiares, o comprar la tela más barata que pudiese ofrecerle la mujer que miraba a madre e hija con ojos ávidos, a la espera de una ganancia que permitiese que ella y su familia pudiera comer un día más. Eran tiempos difíciles.

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1 de Octubre: Sueños

Emily era una niña risueña. Cada noche antes de dormir se fijaba en los detalles de su lámpara de azulejos, azules, verdes y rojos, que creaban un juego de luces y sombras en el techo de su habitación, y que le permitían soñar aún despierta. El azul para la magia, el verde para los elfos, y los rojos para sus pesadillas, que se enfrentaban noche tras noche a sus guardianes.

Emily siempre había sido una niña especial. Cuando soñaba, era capaz de vivir realmente la experiencia. Cada mañana al despertar recordaba sus sueños con tanta nitidez como si hubiese estado allí, y con el tiempo, Emily acabó entendiendo que era cierto. Que podía estar allí, en el mundo de sus sueños, rodeada de magia y colores.

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Relatos cortos

La cazadora

El bosque era lo único que la reconfortaba. El susurro del viento entre los árboles que hablaban entre ellos, el olor a preticor que descendía por las laderas de la montaña, arrastrado por la niebla que siempre, al atardecer, la visitaba en su cabaña. Si cerraba los ojos, era capaz de reconocer los diferentes cánticos de los pájaros que hacían su vida en los árboles como una gran comunidad, una inmensa familia.

Astrid no los envidiaba. La soledad era su máxima definición, su mayor logro. La humanidad la había abandonado, igual que ella abandonó su humanidad hacía ya mucho tiempo, quizá más del que podía recordar. Allí, en las montañas, ella era una con la naturaleza, con la verdadera naturaleza. Y eso era todo lo que creía desear.

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Relatos cortos

Con la miel en los labios

Todo aquello era como salido de un cuento, de una bonita historia de amor donde los bailes, las princesas y el matrimonio prematuro eran los protagonistas. Midori no estaba acostumbrada a que las historias de amor tuviesen un final feliz. Había leído demasiado como para saber que, a menudo, todo aquello acababa en una tragedia adornada. Como Romeo y Julieta.

No hacía más que preguntarse qué tipo de relación tenían ahora, y si era necesario definirla. Suponía que no, pero las cosas extrañas siempre se entendían mejor si se les ponía un nombre. Y entre ellos, su relación era extraña desde hacía ya bastante tiempo.

Zen, aparte de sus palabras bonitas, acarició su mejilla y descendió la caricia hacia sus labios. Que lo hiciera siempre le había gustado, hasta el punto de que Midori sintió cómo se le erizaba la piel al recordar un tiempo donde tras ese gesto, luego iba el beso que deseaba. Y esta vez parecía que iba a ocurrir lo mismo.

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Sobre mí

Una brevísima introducción de 50 puntos

Probablemente, así no. Tal vez debería empezar con una entrada interesante, un post donde cualquier bienaventurado que se atreva a leerlo quede prendado con mi dialéctica y decida quedarse para siempre. O quizá debería hablar sobre mí, como introducción, porque a todo el mundo le gusta saber quién está detrás de la pantalla. El problema es que mi vida es cualquier cosa menos interesante, y siempre he pensado que los principios son casi más difíciles que los finales. Al fin y al cabo, no es nada fácil captar la atención de aquellos que han decidido, queriendo o debido a circunstancias externas, detenerse y dedicarle un segundo de sus vidas a leer un post en internet.

Las 50 cosas sobre mí me suenan a algo lejano, un reto muy famoso allá por 2010. Y sin embargo me ha parecido la manera más fácil de introducirme, a mí, como escritora y dueña de este rincón personal, para que todos aquellos los que vengan a parar aquí ahora o en un futuro sepan quién es la causante de los próximos desvaríos.

  1. La primera historia que escribí fue muy pequeña, no recuerdo exactamente la edad, quizá 11 o 12 años. Escribí sobre dos hermanos de familia pobre, uno bueno y otro malo, y cómo su padre vendía al bueno por dinero. Relataba las aventuras del chico con un grupo muy variopinto: un águila gigante, un dragón chino, un unicornio… Todo menos personas, vaya. De pequeña me encantaban los animales y siempre he sido un poco antisocial, creo que aquí se refleja. Debo añadir que estaba bastante influenciada por El Señor de los Anillos y a mi protagonista lo llamé Faramir. El dragón chino se llamaba Billi, porque todo el mundo sabe que así se llaman los dragones chinos.
  1. Siempre he sentido predilección por la fantasía y la antepongo al realismo en mis historias y relatos. También he escrito sobre personajes más realistas (dentro de lo que la fantasía me permite), investigando sobre sucesos históricos para calzar bien el trasfondo del personaje. Sin embargo, siempre acabo añadiendo algo fantasioso, mágico o extraordinario a mis historias, supongo que debido a que escribir siempre ha sido una vía de escape para huir de la monotonía, el aburrimiento y el dolor del mundo real.
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